Mientras el Guerrero de las Sombras entrenaba, su maestro lo molió a golpes incontables veces. Un día de debilidad, en el que no podía recibir mas castigo, cayo de rodillas y le rezo a Dios. Pidió a Dios que lo ayudara, para sobrevivir ese castigo. Su maestro, al verlo rezar, procedió a molerlo a golpes una vez más. “¡No hay dioses acá! ¡Solo tu y yo!” – Le grito su maestro. Y tenía razón. Ningún rayo de luz consumió a su enemigo, ni obtuvo fuerzas divinas para vencer.
Ese día, el Guerrero de las Sombras aprendió una de las lecciones más importantes de su vida. Las únicas tres cosas en las cuales vale la pena tener fe son él, su espada, y él.

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